La institución sexual en la institución hospitalaria

Valeria Alegre. Psicóloga. Jefa de Residentes. Hospital J.M. Ramos Mejía. Período: 2013 – 2014. (vmealegre@hotmail.com)

Adrián Barrera. Psicólogo. Residente de tercer año. Hospital J.M. Ramos Mejía. Período: 2013-2014. (adrianbarrera@gmail.com)

Sabrina Morelli. Psicóloga. Residente de segundo año. Hospital J.M. Ramos Mejía. Período: 2013-2014. (sabmorelli@hotmail.com)

03 - Adelante 1 PH Paula Dombrovsky

Resumen

Con el presente trabajo nos hemos propuesto interrogar las relaciones posibles entre el sexo y la institución hospitalaria como parte de la maquinaria del poder de normalización. El género como categoría de resistencia a toda normalización nos ha permitido visibilizar algunos de los bordes posibles a ser utilizados como potencialidades instituyentes frente a lo que se presenta como inexorable en lo instituido, configurando un dispositivo de intervención que permita abrir un nuevo juego de relaciones.

Abstract

With this paper we intend to interrogate the possible relationships between sex and hospital institution as part of the machinery of the power of normalization. Gender as a category of resistance to any normalization has allowed us to visualize some of the possible edges to be used as potential instituting against what is presented as inexorable in the instituted, configuring an intervention dispositive to open a new game of relationships.

Toda institución impone en nuestro cuerpo, incluso en sus estructuras involuntarias, una serie de modelos,
y da a nuestra inteligencia un saber, una posibilidad de previsión tanto como de proyecto.
Reencontramos la conclusión siguiente: el hombre no tiene instintos, hace instituciones.
(Giles Deleuze, 1955)

Introducción

A partir de nuestro recorrido como residentes de Salud Mental, consideramos imprescindible efectuar un trabajo de reflexión y análisis que permita interrogar los lugares que nos convocan a habitar, más o menos transitoriamente, las instituciones que cumplen la función de formarnos.

Imprescindible, decimos, ya que el no hacerlo nos ubica asimismo en un lugar acrítico, justamente en el punto donde el malestar se torna en un sufrimiento indisociable de la acción silenciosa de la maquinaria que nos contiene, tanto a los profesionales como a los usuarios de los Sistemas de Salud. Maquinaria que, más allá del “micromundo” que el hospital supone, se erige como el saber establecido sobre el cual se consolidan las categorías con las que de algún modo somos, nos nombramos y nos reconocemos, en un espacio-tiempo determinados. Aquello que también una y otra vez reproducimos, incluso en muchas ocasiones sin percatarnos de ese movimiento.

Sobre tal maquinaria, Onocko Campos (2004) sentencia:

“El hospital moderno masacra a sus sujetos (…) y a todos ellos de manera diferente, según su inserción institucional. Los usuarios fueron reducidos a objeto hace bastante tiempo por la medicina, pero en ningún espacio de atención de la salud eso es tan fuerte y evidente como en la máquina hospitalaria”. (p. 3)

Por otro lado, ya Michel Foucault (1984) nos remitía a la consideración de una topografía social:

“… el problema del sitio o del emplazamiento se plantea para los hombres en términos de demografía; y este último problema del emplazamiento humano no plantea simplemente si habrá lugar suficiente para el hombre en el mundo (…) sino también el problema de qué relaciones de proximidad, qué tipo de almacenamiento, de circulación, de identificación, de clasificación de elementos humanos deben ser tenidos en cuenta en tal o cual situación para llegar a tal o cual fin. Estamos en una época en que el espacio se nos da bajo la forma de relaciones de emplazamientos”

Y si hablamos de relaciones de emplazamientos espacio-temporales, hablamos, por supuesto, de relaciones de poder. Judith Butler afirma que el funcionamiento del poder se transparenta parcialmente en efectos psíquicos (Butler, 2011, p. 17), en tanto el mismo no sólo actúa sobre el sujeto, sino que actúa al sujeto, y esto en un sentido transitivo, es decir, otorgándole existencia (Butler, 2011, p. 24).

Siguiendo el planteo de Foucault y de Butler en relación a la institución carcelaria y la gestión del cuerpo que se efectuaría en el preso, podríamos afirmar que también la individualidad del paciente se convertiría en posesión discursiva y conceptual de la institución hospitalaria (Butler, 2011, p. 97). Partimos, entonces, de considerar a la individualidad como sujeta a prácticas de inspección y de normalización. Las prácticas significantes (discurso) de la institución actúan como régimen disciplinario de los cuerpos. De modo que la institución hospitalaria impone ciertos ideales normativos, a partir de los cuales es posible una determinada inteligibilidad social. Ahora bien, la sede de esta normalización, de la formación y sujeción del sujeto, será el cuerpo (Butler, 2011, p. 105).

Nos proponemos perseguir la pregunta por las relaciones entre la institución sexual y la institución hospitalaria. Esta pregunta cobraría una relevancia fundamental en aquellos casos en que las diferencias que introduce la noción de género entrarían en contradicción con los límites que ofrece la división establecida mediante la apelación a lo biogenético. Nos serviremos del recorte de una intervención, que partió del pedido de interconsulta con el Servicio de Salud Mental, como guía en la escritura del proceso de pensamiento al que fuimos llevados por sostener, un tanto militantemente, el cuestionamiento de todo aquello que se presenta como a-normal.

El marco legal y sus posibles incidencias

El Servicio de Salud Mental recibe una solicitud de interconsulta desde la sala de hombres de Dermatología por “un paciente de 45 años de edad”, a fin de evaluar un “probable síndrome depresivo”. Al llegar a la sala, en la cama indicada se encuentra una paciente que no demora en nombrarse a sí misma como “Estrella”. Ante la interrogación por la posibilidad de un error en la consignación del pedido, los médicos confirman que “ella” era “el paciente” por el que se había solicitado la intervención. Punto de inflexión, puesta en suspenso de lo considerado, hasta ese entonces, “evidente”, “incuestionable”.

En primera instancia, dicha “confusión”, si se nos permite la expresión, nos remitió al marco legal vigente. En elartículo 1° de la Ley Nacional 26.743, (“Derecho a la Identidad de Género”, del año 2012), consta que la “identidad de género” es un derecho inherente a toda persona. Ahora bien, ya en el artículo 3° de la Ley 3.062, “Sobre el derecho a ser diferente”, del año 2009, se establece el “trato digno”, en tanto debe respetarse la identidad de género adoptada por las personas que utilicen un nombre de pila distinto al consignado en su DNI. A su vez, se indica que se deberá implementar un sistema que combine las iniciales del nombre, el apellido completoy el nombre de pila elegido por razones de identidad de género a solicitud del interesado/a, en el caso de documentos legales como la Historia Clínica. Se hace hincapié en que la persona sea nombrada en público con el nombre que eligió, haciendo lugar al respeto de la identidad de género adoptada por aquella.Por su parte, la Resolución 2.272 del Ministerio de Salud del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, ya establecía desde el año 2007, que las dependencias de salud deberán, bajo toda circunstancia, respetar la identidad de género autopercibida de las personas.

Ahora bien, ¿Se trataba pues meramente de remitir a los profesionales a la lectura de la normativa vigente, o podíamos ir un poco más allá en nuestra lectura particularizada de la situación?

La búsqueda de reconocimiento

Estrella viajó en el año 1998 desde Perú, con el fin de residir definitivamente en la Argentina, país que había tenido la oportunidad de conocer ocho años antes, tras tomar la decisión de realizarse una intervención quirúrgica que diera por resultado la colocación de prótesis mamarias y silicona líquida en glúteos y muslos. Le gustaban particularmente los hombres argentinos, resaltando una diferencia en relación a la cultura “cerrada” o “discriminadora” de los hombres en su país de origen. Aquí, conoció a su pareja, Luis, con quien mantuvo una relación por más de una década.

Hacia finales de 2010, a sus 42 años de edad, ingresa a la guardia del hospital por presentar un cuadro de cefalea, nauseas, vómitos y registros febriles. Recibe el diagnóstico de retrovirus positivo y, luego de la compensación del cuadro agudo, es trasladada a la sala de clínica médica de hombres. Al poco tiempo, y luego de realizar diferentes estudios de mayor complejidad, es diagnosticada y operada de un tumor en la médula. Luego de tal intervención queda postrada por inmovilidad de miembros inferiores. Además, durante su estadía en la sala, padece múltiples infecciones intrahospitalarias que evolucionan favorablemente. Lo que no evolucionaba, cabe señalar, era su derivación.

Resulta llamativo que desde su ingreso, en su Historia Clínica, el texto que figura encabezando cada evolución diaria de los médicos de sala era: “Paciente masculino de 45 años, con antecedente de HIV +, TBC diseminal con afectación medular, que cursa internación por causa social”. Nuevo punto de detención y análisis.Así es como el motivo de internación sólo parece tener asidero desde una causa que lo sustrae de la racionalidad médica –a pesar de la gravedad de su cuadro clínico– y, además, se reniega una y otra vez de la identidad de género autopercibida de la paciente… y esto se sostiene casi tres años.“Lo social” como categoría englobante, de márgenes laxos y permeables al extremo, se convierte en el marco de inteligibilidad de una situación que parece no poder ser absorbida “normalmente” por la racionalidad institucional.

A propósito de lo que no se absorbe, de aquello que se niega o silencia, afirma Kaës (2002):

“La institución tiene esta función de mantener una parte irrepresentada, enmascarándolo mediante sistemas de significación y de sentidos que ella produce y que ella impone, poniendo a disposición de cada cual un cuerpo de representaciones conocidas, compartidas, y compartibles, proponiendo o imponiendo la representación de la causa única (ideología)”. (p. 53)

No basta la enfermedad para sostener la internación, como tampoco parece bastar la existencia de la ley para reconocer la elección genérica. Que se reniegue de un cuerpo “a-normal” se agrava aún más por el hecho de que exista una ley que lo legitima, ley que como operador de regulación o bien no es conocida o bien es desconocida en acto…

Luego de un tiempo, y en consonancia con la denominada “internación social”, Clínica Médica, solicita interconsulta al Servicio Social, en tanto la paciente no contaba con documentación ni familiares en este país. Aquí, la caducidad de estrategias tiene cierto protagonismo. Se especulaba con la posibilidad de unión civil con su pareja, para la tramitación de PAMI (beneficio que, de este modo, podía obtener la paciente) y así la posibilidad de derivación a un instituto de rehabilitación donde su adecuado cuidado y tratamiento fuesen posibles. Sin embargo, el rechazo y la no colaboración de los familiares de la pareja sumados al estado de salud comprometido de esta última, imposibilitaron la estrategia planteada. El fallecimiento de Luis fue un evento contingente dentro del mismo hospital, y la muerte en vida de la familia de la paciente estaba presente sólo en su ausencia. Nunca reconocida en su género, la desvinculación de sus familiares fue el costo de su transformación…

Cuando parecía que nada quedaba por hacer, los puntos inerciales se reúnen bajo una nominación más: síndrome depresivo. Llega así el mensaje a destino: el Servicio de Salud Mental se incluye en el entramado y se comienzan a tensar los hilos de una diferencia…

La institución sexual

Luego de mantener entrevistas con miembros de Derechos Humanos -convocados por la psicóloga tratante, a partir de la complejidad que ubicaba como inherente al caso en particular-, se plantea la posibilidad de que Estrella pudiese ser trasladada a la sala de mujeres, tomando en consideración la legislación vigente y la identidad de género autopercibida.

Es así como se comienza a intentar pesquisar su decisión respecto de permanecer o no en la sala de hombres, asunto que hasta ese momento parecía quedar por fuera de todo cuestionamiento posible en la institución. Sorpresivamente, Estrella manifiesta su preferencia por la sala de hombres y su decisión es fundamentada así: “para verlos, seducirlos, sentir que la miran”, afirmando “aquí me siento mujer… aun estando en el hospital postrada he mirado a otros hombres. El deseo sexual que tienen todos los seres humanos sigue vivo en mí”.

Por otra parte, se comienza a pensar con la paciente acerca de que en el documento que acredita su identidad figure el nombre elegido por ella misma. Con el tiempo es Estrella quien manifiesta de manera contundente que, si bien por momentos se siente “confundida”, desea que conste el nombre con el cual fue inscripta por sus padres. En relación a lo antedicho destaca: “Tengo miedo de que me cambien de sala y no poder estar en contacto con hombres y también miedo de, que en caso de volver a mi país tenga que soportar el prejuicio social”.

“Miedo”: separemos dos cuestiones. Por un lado, la posible amenaza a su elección deseante (ver y vincularse a los hombres), y por el otro, la amenaza de la exclusión social. En su dicho, ambas posibilidades también se confunden, pero no sin fundamento. Si el nombre va unido a un supuesto sexo que a la vez se une a la correspondencia de un determinado lugar, el cambio en el DNI es un destino sin apelación. Más adelante cuestionaremos tal sustancialidad instituida del sexo en relación al género.

Aquí, señalaremos –antes de proseguir con la elección de un nombre-, que la posible exclusión también parte de la conmoción de la ecuación anterior: si tal nombre, entonces tal lugar/rol social. De modo que el cambio la situaría en otro lugar, que en términos foucaultianos podría considerarse como una heterotopía de desviación, es decir, alguna de aquellas en las que se ubican los individuos cuyo comportamiento estaría desviado con respecto a la media o a la norma exigida (Foucault, 1984).

Las heterotopías, como espacios instituidos o emplazamientos, se conforman de relaciones de proximidad, a veces, entre elementos incompatibles, y están asociadas a cortes temporales (heterocronías), suponiendo un sistema de aperturas y cierres, un interjuego de aislamiento y penetrabilidad. Y si aquí hablamos de heterotopía de desviación, estimamos que el problema temporal sería la infinitización o cronificación de tal emplazamiento. Entonces, “miedo”. La desviación no es el reconocimiento anhelado por la paciente.

Estrella entiende a su transformación como una “metamorfosis”, que implicó la ruptura con las actuaciones a las que se veía atada en su núcleo familiar y cotidiano, “simulando ser un chico más”. Tal ruptura devino en el desmoronamiento de la pertenencia a tal núcleo. La paciente afirma: “No quise averiguar qué pensaban sobre mi transformación, porque me iba a deprimir, lo que no quería era ser rechazada, olvidada, ignorada”. De modo que entiende el fin del fingimiento como salida de una “cápsula”, como salida del engaño. Ya había decidido operarse tras su primer enamoramiento. Esta vía abierta a sus elecciones se posibilita, según sus dichos, al venir a la Argentina, donde la transformación se materializa, se vive en actos, que a la vez trastocan una imagen.

En relación a su nombre, cuenta haberlo tomado de una bonita modelo peruana, “muy reconocida” en su país. Nos interesa señalar particularmente esa adjetivación: el reconocimiento del que gozaba el mismo por portarlo una modelo. Y es que justamente, una de las funciones del nombre es conferir durabilidad y reconocimiento a aquello que nombra, funcionando así como pacto, como acuerdo social (BUTLER, 2012, p. 221). Si consideramos entonces que los nombres son sistemas sociales de signos, es de ellos que parte la legitimidad social de las identificaciones. Sin embargo, el caso que nos convoca parece tratarse de un pacto roto, o más bien, boicoteado, escamoteado una y otra vez. Un caso en el que el nombre no tiene legitimidad ni reconocimiento. Y si lo tiene, amenaza con una heterotopía desviada.

Una de las variables para entender tal escamoteo es la fuertemente instituida política esencialista, que sostiene que habría ciertos rasgos descriptivos necesarios que describen una identidad dada, considerando tales rasgos como “punto fijos y anteriores al significante que los nombra” (BUTLER, 2012, p. 296), de modo que el sexo biológico es reificado, invisibilizándose los mecanismos de poder que entretejen identidades sexuadas. Por consiguiente, la institución sexual en el hospital presenta como elementos aquellas estrategias de exclusión y jerarquía que recurren al sexo como lo prediscursivo. Las leyes que nombramos anteriormente son parte de los movimientos instituyentes que implican el quiebre de esta lógica social hegemónica.

Siguiendo a Foucault, el sexo, los órganos llamados sexuales, las prácticas sexuales y también los códigos de la masculinidad y la feminidad, las identidades sexuales “normales y desviadas” forman parte de los cálculos del poder, haciendo de los discursos sobre el sexo y de las tecnologías de normalización de las identidades sexuales un agente de control. Así, la sexualidad misma puede ser pensada como institución, como un sistema histórico de discursos, poder, cuerpos, afectividad…, de modo que la sexualidad misma generaría al sexo como unidad ficticia, adjudicándole una estructura y un significado del deseo como si se tratara de una relación causal (Butler, 2013, p. 193). En términos de Preciado, el pensamiento heterocentrado pasaría a ser la expresión de la gestión somatopolítica, como administraciónde los cuerpos y la gestión calculada de la vida, en tanto aseguraría “el vínculo estructural entre la producción de la identidad de género y la producción de ciertos órganos como órganos sexuales y reproductores” (Preciado, 2012).

Las instituciones del poder encargadas de este ejercicio disciplinario, o gestión somatopolítica, son la familia, la escuela, la prisión, la fábrica y también el hospital. En todos los casos su acción determina formas de subjetivación, estableciendo los discursos que pasan a conformar un determinado imaginario social sobre lo que se delimitan “lo normal” de “lo anormal”. Más específicamente, nos referiremos a la sexopolítica (Preciado, 2012) como una de las formas dominantes de la biopolítica como gestión calculada de la vida en el capitalismo contemporáneo. De modo que, con ella, el sexo formaría parte de los cálculos del poder, vía los discursos sobre el sexo y las tecnologías de normalización de las identidades sexuales. Los procesos de subjetivación sexual darán lugar a identidades que no dejarán de ser ficciones (Preciado, 2012). Tales ficciones identitarias no dejarán de participar de procesos de exclusión y de marginalización, siendo entonces, en tanto tales, lugares de acción política.

Frente a esta concepción, Lazzaratto (Preciado, 2012), distingue el biopoder de la potencia de la vida, enfatizando la comprensión de los cuerpos y las identidades de los “anormales” como potencias políticas y no simplemente como efectos de los discursos sobre el sexo. Para ello fue necesario operar una transformación en la noción de género, nacida como una herramienta sexopolítica al servicio de la reproducción de la vida sexual, a fin de convertirla en una noción teórica fundamental que permitiera conceptualizar la construcción social, la fabricación histórica y cultural de la diferencia sexual, ser “el signo de una multitud”. En términos de Deleuze y Guattari, realizar un trabajo de “desterritorialización” de la heterosexualidad.

El género no es, desde entonces, efecto de un sistema cerrado de poder, ni una idea que actúa sobre la naturaleza pasiva, sino el nombre del conjunto de los dispositivos sexopolíticos que va a ser objeto de reapropiación por las así llamadas “minorías sexuales”. La sexopolítica se abre para ser, además, un espacio de creación donde se suceden y yuxtaponen los movimientos feministas, homosexuales, transexuales, intersexuales, transgéneros… expresiones todas de la resistencia a los procesos de llegar a ser “normal”.

Si la identidad es un ideal normativo, siempre a partir del mero aspecto descriptivo de la experiencia (Butler; 2013, p. 71), su inteligibilidad social está dada por los rasgos de continuidad y coherencia, instaurados y mantenidos. Como ficción reguladora, es un principio de orden y jerarquía. Butler afirma que “el sexo surge dentro del lenguaje hegemónico como una sustancia, como un ser idéntico a sí mismo” (Butler, 2013, p. 74). Ahora bien, lo que ocurre con los géneros es que se caracterizan justamente por su incoherencia y discontinuidad, porque no hay un “ser” del género. La hipótesis butleriana es que el «ser» del género es un efecto (Butler, 2013, p. 97). En el caso de la paciente que nos convoca, notamos que su elección hacía de ella un género no inteligible, funcionando como impugnación de las tácticas reguladoras de la categorización sexual. La naturalización del marco obligatorio que supervisa la apariencia social del género, estalla. Y las piezas del estallido intentan ser recompuestas en la institución hospitalaria que niega el estallido mismo, a coste de renegaciones y sufrimiento institucional. La incoherencia misma de la identidad de la paciente funciona aquí como argumento político, y ejerce resistencia a ser reabsorbida dentro de la maquinaria.

Movimientos en la institución

Podemos plantear, a modo de hipótesis, que en el caso de que su elección hubiese sido pasar a la sala de mujeres, algo se hubiese reacomodado, algo de la “armonía” se hubiese recuperado, en tanto hubiese comenzado a funcionar, nuevamente, la bipartición hombre/mujer, con la reactivación de los espacios y prácticas predecibles para uno y otro caso. Sin embargo, su género femenino no acepta el “como mujer”, y pretende tener lugar en la sala de hombres. La decisión de la paciente podría ser leída, siguiendo a Butler, como una práctica que destaca la “desidentificación” con aquellas normas reguladoras mediante las cuales se materializa la diferencia sexual (Butler, 2012, p. 21). Movimiento instituyente que sin precedente ni protocolo, desestabiliza las respuestas universales del tipo “para todo x”. Obliga a considerar la particularización. Aunque también tiene un coste singular: la denuncia de que eso no sería auténtico (sólo en tanto no es predecible), como si estuviésemos frente a un engaño.

Volviendo a Butler, consideramos al género “como compuesto justamente de lo que permanece inarticulado en la sexualidad” (Butler, 2011, p. 155), y que no hay tal como un ideal del género: la idealización del género es inhabitable (Butler, 2011, p. 160). De modo que entender al género en su complejidad implicaría la posibilidad de pensarlo como “un conjunto abierto, que permita múltiples coincidencias y discrepancias sin obediencia a un telos normativo de definición cerrada” (Butler, 2013, p. 70), es decir, no habría géneros verdaderos ni falsos, ni reales ni aparentes, ni originales ni derivados (Butler, 2013, p. 275), ya que no habría una identidad preexistente, sustancial, con la que medir tales atributos. Encontramos lo que sí hay: actos de género, los cuales no pueden ser pensados por fuera de la temporalidad social.

De allí que se vuelva fundamental pensar las prácticas que sostenemos, con la finalidad de revisar desde dónde intervenimos y para qué lo hacemos. En este punto, retomamos el planteo de Carballeda respecto de la intervención en lo social (Carballeda, 2008). Más específicamente, nos interesa hacer hincapié en cómo ésta puede suponer un dispositivo de integración de diferentes lógicas y convertirse en un instrumento de transformación, abriendo la posibilidad de resistencia frente a lo instituido, frente a aquello que se presenta como “natural”, permanente y aparentemente inmodificable.

Tomando como referencia la noción de dispositivo desarrollada por Foucault, sabemos que éste supone un conjunto heterogéneo, una red que comprende y relaciona elementos tales como: discursos, instituciones, instalaciones arquitectónicas, leyes, reglamentos, medidas administrativas, enunciados científicos y proposiciones filosóficas, morales o filantrópicas, etc. (Carballeda, 2008, p. 138). Si pensamos a la intervención como dispositivo, la entendemos entonces como red de relaciones y mutuas afectaciones, teniendo en cuenta la posibilidad de transformación y reordenamiento (Carballeda, 2010, p. 58). De modo que intervenir en la institución supone, como afirma Carballeda, “dar lugar a un diálogo que abarque diferentes perspectivas de visibilidad, de enunciación, de surcos de poder y, especialmente, de las formas de construcción de subjetividad que se ligan a la intervención…” (Carballeda, 2010, p. 49).

Finalmente, estimamos que en el trabajo de la interconsulta no deben perderse de vista dos dimensiones inherentes a toda intervención. Por un lado, la epistemológica, vinculada con las categorías de análisis que se recorten a los fines de una determinada intervención: los conceptos que se sostengan, los interrogantes que se construyan respecto del caso particular, etc. Por el otro, la intervención involucra un compromiso ético, dado que se apunta a operar en relación a un padecimiento emergente. Esto último implica entonces poder ubicar las coordenadas del mismo y actuar en los diferentes factores que participan de su producción y reproducción.

Conclusión

La inserción institucional en el hospital produce afectaciones, que van estrechamente unidas a las relaciones posibles y no posibles para cada uno de los lugares a ocupar. Gestión somatopolítica: el funcionamiento del poder atraviesa tales relaciones y hace existir diferentes subjetivaciones; predominando ciertos ideales normativos, a partir de los cuales es posible una determinada inteligibilidad social.

A lo largo del presente escrito nos hemos cuestionado por las relaciones posibles entre el sexo y la institución hospitalaria, entendiendo al primero también como institución. A partir de un recorte de un caso, visibilizamos cómo la elección de un género puede conmover ciertas topografías, cuestionando incluso los funcionamientos maquinales que objetalizan o hacen número de los sujetos.

A los fines de esta presentación, nos interesa resaltar lo posible de una intervención, en tanto puesta en manifiesto de aquello establecido que pasa por invisible. En palabras de Carballeda: “la intervención es un hacer ver” (Carballeda, 2010, p. 105). Añadimos: también una apertura al derecho de elegir. Y a veces, las elecciones sorprenden, pero sólo cuando son posibles2


Bibliografía

  •  ⇡ Onocko Campos, R. (2004): Humano demasiado humano: un abordaje del malestar en la institución hospitalaria. En: Salud Colectiva, Spinelli (Coord.). Buenos Aires: Lugar Editorial, 2004; pp.103-120

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>