¿La Residencia como sostén de la clínica?

De La Torre, Claudia. Psicóloga. Residente de tercer año en Salud Mental. Hospital B. Moyano. Período 2013-2014. e-mail: claudelatorre2@gmail.com

Maudo, María Soledad. Psicóloga. Residente de tercer año en Salud Mental. Hospital B. Moyano. Período 2013-2014. e-mail: soledadmaudo@gmail.com

Sánchez, Daniela Belén. Psicóloga. Residente de tercer año en Salud Mental. Hospital B. Moyano. Período 2013-2014. e-mail: danielabsanchez@gmail.com

Ph

Resumen

Se intentará, con el presente trabajo, dar cuenta de un camino transitado desde el inicio de nuestra residencia, teniendo en cuenta, claro está, la dificultad que esto conlleva. Tomando autores que se han desempeñado en el campo de lo grupal e institucional, buscaremos describir las condiciones del escenario en el cual nos encontrábamos insertas, para luego adentrarnos en el desarrollo de la idea central; es decir, el grupo de residencia y la forma de amistad que allí se gesta, como aquello que permite sostener la práctica clínica de cada día en un hospital neuropsiquiátrico.

Abstract

We will try, in this paper, to account for a road traveled since the beginning of our residence, taking into account, of course, the difficulty that entails. Taking authors who have worked in the field of the group and institutional, we will seek to describe the conditions of the scenario in which we were embedded, and then enter into the development of the central idea, ie, the group of residence and how friendship is brewing there, as that which allows sustain daily clinical practice in a neuropsychiatric hospital.

Elucidar es el trabajo por el cual los hombres intentan pensar lo que hacen y saber lo que piensan. Cornelius, Castoriadis (1983)  

En el año 2011 iniciaba nuestro pasaje por la residencia de salud mental en el Hospital Neuropsiquiátrico Braulio A. Moyano, y el encuentro con el dolor, con el desvalimiento se habilitaba como posibilidad a ser pensada. Frente a esto el inicio de la práctica profesional se constituía en un doble desafío. Pero también allí, al inicio y en la antesala, esta experiencia la compartíamos con otros. Otros que iniciaban igual que nosotros, otros que promediaban el camino y otros que con la ganancia del saber de lo transcurrido empezaban a despedirse.  Es así que la residencia no era sólo un espacio de formación clínica sino que también se constituía en una numerosidad que permitía resistir, existir y residir en la institución, para no ser meros sobrevivientes sino sujetos prestos a la creatividad y a la recuperación del pensamiento. Surge en nosotras una idea. ¿La residencia se constituye de alguna manera en sostén de la clínica?

 

De repente poseída por un funesto presentimiento de un viento que impide respirar, busqué el recuerdo de alguna alegría que me sirviera de escudo, o de defensa, o aun de ataque. Alejandra, Pizarnik (1998)

Quizás esté en el espíritu de este trabajo transmitirles el camino transitado, sabiendo desde ya lo volátil y lo imposible de esta empresa, tal vez por los ribetes personales que cobra en la experiencia singular. Frente al intento nos vemos recordando situaciones que se desprenden como escenas mínimas pero que estallan en sus múltiples atravesamientos.

Ingreso, María espera en la puerta pegada al vidrio; Irma camina casi sin rumbo alrededor del parque. Abatimiento, corridas, miradas, olores, incomodidad, llanto permanente, formas de humanidad caídas de la comprensión, se espera de nosotras, reclamos, desgaste, rutinas, filas, vigilancia sin intimidad, humedad, hogar, compañeros, pedidos, orden, desorden, desorganización. Límites. Locura, profesionales, enfermeras, sorpresa con ribetes de espanto, sorpresa inimaginada, dolor seriado, abandono, ausencia de miradas amorosas, de miradas que miren. Gritos que no terminan de ser escuchados a la manera de un llamado. Alojo, descanso, orden. Sujeciones. Paralizaciones. Mundo artificial. Y allí otros que ven lo mismo y que no, malhumor. Yo no pensé que un almuerzo podía tener tanto valor…nos decimos, ni que un mate o un chiste. Aquel signo sencillo de lo cotidiano; simple, tanto que era casi imperceptible, marco contenedor que contenía para volver a lo incontenible o a lo indecible. Salidas, charlas de pasillo, un guiño, una sonrisa sutil, otro mate, otro chiste, un cigarrillo compartido; la angustia iba rotando en cada uno, momentos donde se detenía la tarea de todos generando resonancias. Clamar. Calma. Así se iba conformando la tarea-con-otros. Huellas comunes. Escenario alterno al de nuestra tarea asistencial, no como alternativo sino como necesario. ¿Acaso los actores no necesitan también las bambalinas para salir a esa otra escena con ropajes de “profesionales”? De eso se trata este trabajo.

 

De la asepsia profesional a la afectación grupal…

¿Qué singular espacio habitábamos, que volvía necesario portar dichas vestimentas? Necesarias, aunque nunca suficientes en el montaje cotidiano de la institución. “…Un lugar de residencia y trabajo, donde un gran número de individuos en igual situación, aislados de la sociedad por un período apreciable de tiempo, comparten en su encierro una rutina diaria, administrada formalmente.” (Goffman, 1961) De esta manera, caracteriza Erving Goffman, sociólogo norteamericano en 1961, lo que él denomina como una institución total. Este autor da cuenta de los hospitales psiquiátricos como manteniendo dicho funcionamiento, agregando que se absorbe parte del tiempo y del interés de sus miembros, proporcionándoles, de alguna manera, un mundo propio. Refiere que este modo de funcionamiento genera en los actores de la institución al instalarse allí a lo largo del tiempo, un movimiento centrípeto, es decir una tendencia absorbente, tanto para los profesionales como para las pacientes. En una institución total se daría una  ruptura del ordenamiento social básico de todos los aspectos de la vida de un paciente, que pasan a desarrollarse en el mismo lugar y bajo la misma autoridad única, con muchos otros, de quiénes se requiere que hagan juntos las mismas cosas, bajo una secuencia de actividades estrictamente programadas. Este estado de cosas que aporta Goffman nos permite repensar el funcionamiento de nuestro campo de trabajo, como algo construido por lo histórico-social, en tanto instituido. Es decir con sentidos que fijan lo que se entiende por normal y patológico, los modos en que se determinan las condiciones de alta, los permisos de paseo, lo que se espera de las pacientes y los profesionales, etc. Estos corpus instituidos mantienen unida a una institución haciendo posible su continuidad y grados de cohesión (Fernández, 2007), y no de una vez y para siempre, sino con sus propios mecanismos de perpetuación. ¿Era éste el escenario en dónde nos encontrábamos parados? Según Castoriadis, estas significaciones, operan en lo implícito; sin que los sujetos perciban esto como impuesto.

¿Podría pensarse que en esta institución, que se ocupa del sufrimiento psíquico, además de lo implícito marcado por Castoriadis, se delimite un doble movimiento en relación a lo instituido? Según Fernando Ulloa, se genera una invisibilización que se vincula a un proceso que denomina: Renegación. El mismo implica, primero, un repudio que impide advertir las condiciones en las que se está inserto. Y, segundo, esto es reforzado al negar que se niega. ¿Qué cualidad tiene este campo de trabajo, que implica poner en marcha este mecanismo de defensa? Creemos que la cualidad singular es que tratamos con seres humanos; en el contexto de enfermedades graves que conllevan en muchas ocasiones, la idea concreta de la posibilidad de la muerte; en el contexto del escándalo de la pobreza y el desvalimiento psíquico y material. En definitiva, podríamos considerar que lo que se reniega tiene que ver con este sufrimiento psíquico, pero además y en consonancia con esto, con lo instituido, cuando esto adquiere el matiz de lo inmodificable.

¿Cómo afectaba esto nuestra subjetividad? ¿Qué efectos podrían vislumbrarse en el cuerpo? Ulloa (1995) remarca los efectos, secundarios a este mecanismo de renegación, los cuales indefectiblemente, nos resuenan: falta de fuerza, humor del carajo, cuerpo agobiado por la astenia, fatiga crónica, desadueñamiento corporal tanto para el placer como para la acción, desaparición de la valentía, desvanecimiento del accionar crítico, instalación de la queja, pérdida de la habilidad creativa en la atención de los pacientes, sujeto coartado al borde de la supresión como individuo pensante. ¿Será que abrir los ojos tal vez nos haga doler? La toma de conciencia de lo que allí acontece, el poder salir de esta mortificación, implica recuperar el sufrimiento embotado; proceso que no es sin angustia. Quedando invisibilizado, no deja de producir en los actores de una institución efectos en su subjetividad, es decir produce subjetividad y un modo de estar allí.

 

Serendipia. Un descubrimiento distinto de lo que se buscaba, no previsto. Lo que se encuentra por azar pero con lo cual se hizo algo. Horace Walpole (1754).

Aquellos momentos casi imperceptibles del día a día, con otros, en la institución, guardaban una potencia que descubrimos. Quizás en estos gestos aparecía en germen algo de los primeros cuidados propiciados por el otro. Sorprendentemente, Ulloa los coloca en el lugar de fuerza que abre una posibilidad de contrarrestar los efectos que mencionábamos.  Ubica allí en el lazo solidario con otros lo que nombra como institución de la ternura. La ternura, posee dos habilidades propias: la empatía que garantizará el suministro adecuado, es decir se constituye en abrigo frente a los rigores de la intemperie, alimento frente a los del hambre y fundamentalmente buen trato como escudo protector frente a las violencias inevitables del vivir; y el miramiento que tiene que ver con mirar con amoroso interés a quien se reconoce como sujeto ajeno y distinto de uno mismo. Es germen inicial y garantía de autonomía futura del infante. Esto nos resuena a algo de lo que acontece en el espacio de la residencia, el suministro de la palabra de los jefes de residentes al momento del inicio y el abrigo de las charlas con residentes de años superiores. Transmisión que deja margen a la singularidad de cada estilo profesional.

¿Por qué estos encuentros con otros permiten retornar al campo de batalla/volver a subir al escenario? Ulloa (1995) refiere:

 La conciencia compartida de un sufrimiento reconocido abre la posibilidad de reducir los efectos de la angustia  tóxica (…) permitiéndole investir libidinalmente una idea que se hará pensamiento y diálogo. En este estado quizás llegue a dibujarse un paso siguiente, por donde empiece a circular la inteligencia necesaria para buscar salida a los infortunios de la vida y los avatares neuróticos que han paralizado al sujeto (p. 213).

El autor resalta la importancia de poder hacer inteligencia compartida sobre esa realidad, pensar en las condiciones para construir una identidad profesional desapegada de pertenencias profesionales que ahogan, consumen, atrapan, retornando la capacidad creativa necesaria para hacer frente a la clínica con la que nos enfrentamos día a día. Hacer-con el padecimiento institucional permitiría hacer resistencia y salir de una queja que no permite avanzar, para así poder encontrar “una apelación valiosa a partir de la cual resistir” (Ulloa, 1995, p.120). ¿Podría vislumbrarse que el acontecer en la residencia pueda conformarse a la manera de un movimiento instituyente, una especie de fuerza que dé pie a la creatividad y al cambio? Aunque más no sea, un negarse a aceptar aquello que niega (encubre) las causas más arbitrarias de los sufrimientos individuales o colectivos (Ulloa, 1995, p.169). ¿Qué espacio podría permitir recuperar la resonancia íntima, favoreciendo un discurso y un accionar válidos que sean escuchados?  La palabra amistad se encuentra próxima etimológicamente a la palabra afable, es decir, que amigo es aquel con quien se puede hablar con expectativa de respuesta cordial y justa. Dice Ulloa que los vínculos de amistad “pueden generar la valentía, el alegre talante y hasta el adueñamiento del propio cuerpo necesarios para vérselas con la resignada mortificación hecha cultura, aquella donde zozobra el sujeto frente a la moral con valor de estadística.” (Ulloa, 1995, p. 207). Despejando la cuestión de cierto romanticismo que apelaría a cierta cuestión grupal de reducción de las diferencias Ulloa sostiene que las amistades que poseen un efecto potente son aquellas que denomina “amistades extranjeras”, donde lo que prevalece son las diferencias e incluso es esto lo que une, y suponen, en general, pocas palabras y aún fecundos silencios. “No se habla una misma lengua, ni hay demasiado intercambio de sustancias; en cambio, el idioma deja de ser dialecto para aludir a lo más universal (…) ni circulan en el mismo bote ni navegan el mismo río, se hablan desde sus orillas, no márgenes de oposición” (Ulloa, 1995, p. 261), estas amistades permitirían pensar el trabajo interdisciplinario y aún los vínculos entre colegas de distintas corrientes teóricas.

 

El descubrimiento atañe a lo que ya existe actual o virtualmente: era seguro, pues que tarde o temprano tenía que llegar. La invención le da al ser lo que no era y hubiera podido no llegar jamás. Deleuze, Gilles (2005)

Teniendo en cuenta que la residencia alberga los inicios de la formación profesional, se esboza la posibilidad de establecer una analogía entre lo atinente a la constitución subjetiva y la profesional, para luego poder pensar qué es lo que acontece en ese espacio que llamamos “residencia” que facilita un pasaje por la clínica de tan singulares características. En relación a lo expuesto, utilizaremos como referencia el concepto de fenómenos transicionales acuñado por D. Winnicott. Hace alusión a una zona de experiencia que no se refiere ni al interior ni al exterior del individuo, zona neutral la cual no es objeto de ataques constituyendo un “lugar para vivir que los términos exterior e interior no describen en forma adecuada” (Winnicott, D., 1971) La ubica en el espacio potencial entre el individuo y el ambiente que al principio une y a la vez separa al bebé y a su madre, siempre y cuando el amor materno exhibido o manifestado como confiabilidad humana, otorgue al bebé un sentimiento de confianza en el factor ambiental. En este sentido Winnicott plantea el surgimiento de estos espacios transicionales que se van ampliando gradualmente hasta su mayor grado de complejidad en las experiencias culturales, es decir el juego, la vida imaginativa, la religión, la labor científica creadora. Nuestra idea, entonces, es poner a jugar este concepto en relación al espacio de la residencia el cual se puede pensar como un dispositivo éxtimo, ni del todo adentro ni del todo afuera de la institución. Hemos reconocido en nuestro propio recorrido, que este espacio no está dado a priori y que al comienzo, se encuentra más bien supeditado a la función de los jefes de residentes, quiénes propician una transmisión bajo el signo de la confianza, allanando los obstáculos característicos de estos inicios, a la manera de un primer baño de la cultura institucional. Tal como refiere Winnicott respecto a los fenómenos transicionales, comienza a ampliarse gradualmente al encuentro con otros, residentes, supervisores. La progresiva ganancia de terreno en estos espacios, daría cuenta de la cualidad extraterritorial de la residencia, permitiendo vivir en la institución en el espacio-entre, operando como puente que morigera la tensión y mantiene en contacto el adentro y el afuera. Ello apoya nuestra hipótesis al corroborar que a través de las actividades de la residencia como dispositivo se observa una ganancia en la operatividad clínica.

Ahora bien, ¿Cuál es la potencia que descubrimos de este espacio? Descubrimos que podría vincularse con el hecho de que trasciende lo concreto del encuentro con otros en el espacio delimitado por la institución; e incluso se va virtualizando. De esta manera termina constituyéndose en una marca, capaz de operar en contextos diversos del ejercicio clínico,  más allá de la finalización de la residencia. Así como de cada experiencia que atravesamos queda una marca, de la misma manera esta marca de la residencia comienza a residir en uno.

 

 


Bibliografía

  •  ⇡ Castoriadis, C. (1983). La institución imaginaria de la sociedad: marxismos y teoría revolucionaria. Barcelona: Tusquets.
  •  ⇡ Pizarnik, A. (1998). Obras completas. Poesía y Prosa. Buenos Aires: Ediciones Corregidor
  •  ⇡ Goffman, E. (2002). Internados. Ensayo sobre la situación social de los enfermos mentales. Buenos Aires: Amorrortu
  •  ⇡ Fernández, A. (2007). Las lógicas colectivas. Imaginarios, cuerpos y multiplicidades. Buenos Aires: Biblos.
  •  ⇡ Ulloa, F. (1995). Novela clínica psicoanalítica: historial de una práctica. Buenos Aires: Libros del Zorzal.
  •  ⇡ Serendipia: http://arquepoetica.azc.uam.mx/escritos/ serindipia.html
  •  ⇡ Deleuze, G. (2005). La imagen-tiempo. Buenos Aires: Paidos
  •  ⇡ Winnicott, D., (1971). Realidad y Juego. Barcelona: Editorial Gedisa. (1995).

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