“No seré feliz… pero soy Residente”

Paula Ramognino, Licenciada en Psicología, Residente de Segundo año de Salud Mental: Psicología Clínica. Hospital B. Rivadavia. (Período 2016- 2020). paularamognino@gmail.com

Paula Pisani,  Licenciada en Psicología, Residente de Segundo año de Salud Mental: Psicología Clínica. Hospital B. Rivadavia. (Período 2016- 2020). pisani.pa@gmail.com

Florencia Do Nascimento, Licenciada en Psicología, Residente de Segundo año de Salud Mental: Psicología Clínica. Hospital B. Rivadavia. (Período 2016- 2020). mflorenciadn@gmail.com

Diego Weinmann,  Licenciado en Psicología, Residente de Tercer año de Salud Mental: Psicología Clínica. Hospital B. Rivadavia. (Período 2015- 2019). diego.weinmann@hotmail.com

Carlos Cao, Licenciado en Psicología, Residente de Tercer año de Salud Mental: Psicología Clínica. Hospital B. Rivadavia. (Período 2015- 2019). cao.cdc@gmail.com

Federico Plá, Licenciado en Psicología, Residente de Tercer año de Salud Mental: Psicología Clínica. Hospital B. Rivadavia. (Período 2015- 2019). federicoajpla@gmail.com

Sabina Madeo, Licenciada en Psicología, Residente de Cuarto año de Salud Mental: Psicología Clínica. Hospital B. Rivadavia. (Período 2014- 2018). sabimadeo@hotmail.com

Lucia Fernández Abrevaya Licenciada en Psicología Residente de Cuarto a año de Salud Mental: Psicología Clínica. Hospital B. Rivadavia. (Período 2014- 2018) luferab@hotmail.com

 

Natalia Pettorossi,Licenciada en Psicología, Residente de Cuarto año de Salud Mental: Psicología Clínica. Hospital B. Rivadavia. (Período 2014- 2018). natipettorossi@hotmail.com

Dante Cima, Licenciado en Psicología, Jefe de residentes de Salud Mental: Psicología Clínica. Hospital B. Rivadavia. (Período 2017- 2018). dante.cima@gmail.com

Bárbara Fren, Licenciada en Psicología, Ex residente de Salud Mental: Psicología Clínica. Hospital B. Rivadavia. barbara8587@hotmail.com

Daniela Wolters, Licenciada en Psicología, Ex residente de Salud Mental: Psicología Clínica. Hospital B. Rivadavia. daniela.wolters@hotmail.com

Resumen

Luego de nuestro recorrido como residentes, de dos años de supervisiones institucionales, y a raíz de nuestro interés por La Residencia pensada como Institución, nos preguntamos: ¿La Residencia es un dispositivo?, ¿produce algún tipo de subjetividad?, ¿qué nos forma?
Entendemos que todas estas preguntas sólo pueden ser contestadas desde lo grupal. Para tal fin decidimos llevar adelante, como disparador, un ejercicio de “Multiplicación Dramática”, en tanto “producción colectiva que despliega e ilumina costados que no aparecían visibles.” (Kesselman, 1999: 4). En palabras de E. Pavlovsky (1989), la Multiplicación Dramática es “(…) la encarnación en escenas rizomáticas inventadas a partir de una escena inicial. Es máquina de producción de subjetividad, dispositivo analizador y herramienta de movilización (…) es el develamiento de la multiplicidad grupal, la cual se verá a través de la cantidad de versiones que un grupo da cuando multiplica”.
Elegimos no plasmar el contenido de las escenas ya que implican acontecimientos grupales que resultan intransmisibles, también para evitar contribuir al aburrimiento del lector y para preservar la intimidad e identidad de los actores. A partir de las mismas, visualizamos determinados ejes que se desprenden de las resonancias de la producción grupal, que expondremos a continuación.

Preocupación

En la multiplicación dramática apareció insistentemente como temática, la preocupación del residente psicólogo, en diferentes facetas y encarnando distintos personajes. La preocupación del mostrar sumía al residente en una mirada constante respecto de lo que enseña de sí ante los otros. Supone que debería saber algo o mucho respecto de su rol y por sobre todo poder exhibirlo delante de sus pares y superiores, casi único modo de que entre en la cuenta del saber. También entiende que debe mostrar preocupación por el paciente, por la tarea, como cualidad valiosa por la que se lo juzgará. En el discurso de La Residencia encontramos que se refuerza la preocupación por los pacientes, valorándola positivamente, pero también la preocupación por el saber, por lo que se muestra hacia afuera del grupo. En definitiva, vemos que se vuelve esperable y valorado que un residente esté preocupado… por casi todo.

Sin embargo, también se manifestó una angustiante inquietud por todo aquello que no se puede mostrar: al paciente en la sesión, al Otro en el rol de psicólogo, de “inexperto” residente. A esta intranquilidad se le suma la impresión (por momentos creencia) de que el paciente puede percibir la preocupación del residente (tanto por él como por sí mismo). Cierta sensación de transparencia ante el otro se evidencia en su discurso y por momentos lo paraliza. Persiste una turbación por cumplir con un “deber-ser del residente psicólogo”, ideal subyacente que opaca estas mismas restricciones y condiciona el actuar.

Encontramos en el residente angustia ante los pacientes, ante el rol, ante todo lo que podría salir mal. Se siente y escucha una fuerte preocupación por el bienestar del paciente, más allá de lo que debe mostrar. El psicólogo residente se responsabiliza, carga en su cuenta muchas de las vicisitudes del tratamiento y siente que gran parte de lo que sucede depende de su accionar. Mientras que en el discurso de La Residencia, escuchamos una responsabilidad compartida entre pares, de protección y de toma de decisiones conjunta. Así conviven en paralelo una ficción de protección grupal ante las consecuencias del rol y cierta soledad en el tratamiento y con los pacientes.

Aparece en la subjetividad del residente una necesidad de mostrar distintas imágenes de sí con cada paciente, con distintos gestos. En esta soledad del consultorio también se desliza la dificultad en poner el cuerpo en la práctica, en tanto se cree en una primacía de lo psíquico. Paradójicamente, se juega una estricta medición de su cuerpo ante el paciente, de los movimientos que hace, los gestos, las manifestaciones de angustia. El cuerpo del residente está presente, a la vez que se desea ausente.

En su mostración, otro punto de preocupación que apremia, es su imagen amable. Se destaca un ansia por “estar a la altura” de aquello que se ganó en el examen de Residencia y de pagar una deuda imaginaria ante otros que nos miran. Estar a la altura del “Ser Residente” del que tanto creemos que se habla y se admira, sólo por entrar en el ranking de un examen arbitrario que del saber, no muestra nada. Estar a la altura de La Residencia, lugar de culto del psicólogo que recién se gradúa y necesita un espacio en donde empezar a ejercer la escasa práctica que arrastró de la Universidad.

Encontramos perfilado dentro de esta temática el Ideal de un Deber-Ser del Residente ante el Otro. Ideal que se manifiesta en el “preocuparse” pero que nos habla de una Identidad del Residente, identidad que alcanzar, que habitar. ¿Qué ocurre en las distintas Residencias con esta Identidad del Residente? ¿Cómo es este Otro al que el residente mira, al que se dirige y al que habría que rendirle cuentas?

Distintas versiones de la preocupación que recorren el camino de profesionales en formación. Al modo de la espada de Damocles, la preocupación pende sobre la cabeza del residente que goza de los privilegios de un lugar para pocos, pero que a su vez, lidia con los complejos avatares de la clínica en el Hospital público. Preocupación a la que la práctica, y su paulatino dominio, le arrebatará su angustiosa certeza. Preocupación que a lo largo de la trayectoria residencial quedará soslayada por un estar “demasiado ocupado” con la formación, los pacientes, las discusiones clínicas, el estudio. Retornará luego, claro, bajo otra de sus formas, la desocupación, en el horizonte, hacia el final de la Residencia; así es, otra preocupación más.

 

El saber supuesto en la residencia. La super(sti)visión

El ingreso a la Residencia está marcado por dos particulares deslizamientos: el que convierte a un examen insalubre en una mítica hazaña de superación; y el que a la precariedad que implica que seamos tan pocos, la transforma en una especie de brillo de elite. De forma misteriosa, se produce ese “falso enlace” entre Residencia y Saber. El residente verá en el espejo la figura de un saber que, según el momento, le inflará el pecho o le quitará el aire. Hay un saber que se le supone a La Residencia, hay un saber que La Residencia supone. Pero… ¿Acerca de qué? No importa, mientras otorgue una identidad que, a la manera de un sostén, habilite una territorialidad legítima. Que rescate de la posibilidad de entrar en crisis y permita habitar un lugar seguro. Pero el ropaje en La Residencia –la “uniformidad del Residente”- es ese andar de guardapolvo preocupado, esa evolución precisa, esa lectura articuladora, ese pavoneo orgulloso. Ahora bien, que no se note, porque otro ropaje común es el anverso, ese escudo de no saber. Nos preguntamos: ¿A quién es dirigido este espectáculo?

Y entre los destinos que la figura de ese Saber tiene, se ubica un espacio tan característico de la Residencia: las supervisiones, o por momentos supersticiones. El Saber Supuesto en la Residencia es transferido, y retornará de forma invertida bajo la figura del “brujo supervisor”. Hay una pregunta dirigida a quien sí conoce La Verdad. Ahora será él quien esté en ese aprieto. La supervisión se torna un escenario en donde cada quien será invitado a una mostración de su saber y no saber al mismo tiempo, las más de las veces delante de otros compañeros. Necesitamos que alguien nos confirme que estamos haciendo las cosas bien, la situación se configura de modo tal que parezca lo más posible que sí, que esa figura casi de oráculo nos guía hacia el buen camino. Después de todo, si una intervención propuesta por quien sí sabe tuviese un resultado no deseado, habrá una buena excusa.

Identidad

Finalmente nos preguntamos por el rótulo identitario que otorga la Residencia y sus alcances en nuestra vida. Algo de este mismo significante puede que sea lo que esté marcando nuestras identidades como Residentes. Todos rendimos un mismo concurso, pero a algunos les toca en suerte (o no) residir, a otros concurrir. Quizá eso nos distrae del hecho de que no estamos menos de paso por residir, que gran parte de nuestra experiencia en este sistema implica recibir y despedir colegas, compañeros y amigos sabiendo que, como bromeamos: “En segundo año empezás a terminar la resi”. Una experiencia que va desde el temor por el fin, al “vas a ver que el 1° de Junio todo vuelve a empezar”. Quizás esta reconformación anual de nuestro grupo nos enfrenta a la necesidad de afirmarnos en nuestros lugares como residentes y asegurar nuestra pertenencia. Según Kaës, para la conformación de una grupalidad “(…) lugares y posiciones son así asignados, reduciendo la angustia de no-asignación que tiene lugar al comienzo de los procesos de grupo en donde los individuos se encuentran” (Kaës, 1976: 133).

¿Hasta qué punto nuestra profesión, enmarcada en el sistema de Residencia, borra los límites que separan nuestra vida laboral de la personal? Su intensidad parece estar signada por las características del trabajo, la transitoriedad y excepcionalidad del mismo, así como también por el encuentro diario con el sufrimiento de las personas a las que se asiste; como telón de fondo, machaca el ideal profesional que acompaña a cada uno. Es lo que apareció en nuestros debates como “la plusvalía” de la Residencia: el valor de nuestro trabajo excede los límites del mismo, impregna el resto de la vida; la Residencia pasa a ser un segundo hogar y también una segunda Escuela, prolongando el academicismo de la Universidad con el plus de la cercanía vincular del grupo de pares. “Ser Residente” abarca entonces nuestra vida en sus distintas dimensiones, identidad de la que gozamos: disfrutamos y padecemos.

Pensando en lo que nos motoriza a atravesar esta experiencia, nos encontramos con el concepto de Pasión. Podríamos pensar entonces que quedando “tomados” por la Residencia, será importante estar advertidos para trabajar desde una posición de abstinencia sin dejar de reconocernos como sujetos afectados por nuestra práctica. O al menos estar advertidos, de que como todo lugar que otorga identidad, aloja y aliena a la vez. El trabajo que hicimos permitió sacar a la luz la dimensión sufriente que acarrea el residente, con el concomitante efecto de alivio al poder ser compartido con otros. En palabras de Ulloa: “La pasión vocacional (…) es la oportunidad de hacer centro sin destacar que, al errar el blanco, la flecha equivocada acierte un sorpresivo destino. En esto consiste la vocación psicoanalítica, no tanto en precisar puntería, sino en estar atento a lo inesperado, cuando más que arquero se resulta flechado” (Ulloa, 1995).

Nuestro trabajo nos permitió pensar el modo en que se juegan las relaciones entre los residentes, los pacientes y el hospital. Éste último, en tanto institución, puede encarnar distintos emblemas, en los que se inmiscuye el Ideal de cada quién. Puede aparecer como “instrumento de un Estado que debe garantizar el derecho a la salud para todos”, como el lugar en donde se encuentran “los mejores profesionales” y supone “trabajar interdisciplinariamente”, también como aquel que ofrece “salud para pobres y de mala calidad”, o el que los profesionales eligen porque “da el mejor curriculum”… Las formas de relacionarse con las instituciones son tan singulares como los modos en que ellas se relacionan con nosotros. Entre el residente y la institución está el paciente, quien a su vez los reviste con diferentes investiduras, muchas veces sesgadas de las características de su Otro de la legalidad. El Otro, transferido al plano institucional, se presenta en cada sujeto de manera distinta, lo cual muchas veces habla de la problemática de ese paciente… aunque también de la nuestra, la del hospital y la salud pública. Entendemos entonces que para cualquier tratamiento posible, será necesario que una persona encuentre, en el hospital y en su equipo tratante, hospitalidad. Hospitalidad, que desde nuestro punto de vista implica no sólo alojar el padecimiento de quienes nos consultan, sino también permitirnos ser sus huéspedes.

Pero también la hospitalidad entre residentes: el cuidado y acompañamiento mutuo se revela imprescindible para lidiar con el cambio constante, las presiones y el desconocimiento. Cada año se es anfitrión e invitado en distintos grupos humanos, dispositivos y rotaciones, lo cual implica una experiencia complicada si no hay compañeros atentos a nuestras necesidades o preocupaciones.

 

Quién nos quita lo bailado

Creemos que este camino implica una compleja, por momentos angustiante y sin dudas excitante, articulación entre: la Preocupación, el Saber y la Identidad. Lo cual podría resumirse en la necesidad de “acreditar una verdadera producción vocacional”. Nos preguntamos si en este afán, nos olvidamos del ser que de verdad importa como profesionales de la salud en el hospital: el ser-hospitalarios. Entendiendo el concepto en términos de J. Derrida (1997), apostamos a que si desde el vamos el dispositivo hospitalario no permite “acoger al arribante antes de ponerle condiciones, antes de saber y de pedirle o preguntarle lo que sea, ya sea un nombre o unos «papeles» de identidad”; en lo que sí podemos maniobrar hospitalariamente es en dirigirnos a él, singularmente, llamarlo por su nombre, reconocerle un nombre propio. ¿Será esto posible si alienados a la Preocupación, el Saber y la Identidad con los que la Residencia nos forma, nos olvidamos de asumir uno nosotros?

¿No será que, al contrario de lo que propone Ulloa, precisando la puntería evitamos ser flechados? Tal vez no nos dimos cuenta de que ese flechazo nos trajo por este camino, agitado sin dudas, pero que volveríamos a elegir, porque al fin y al cabo: ¿Quién nos quita lo bailado?

 

 

Bilbiografía

– Derrida J. (1997). El principio de hospitalidad, Le Monde, 2 de diciembre de 1997. Entrevista realizada por Dominique Dhombres. Trad. de Cristina de Peretti y Paco Vidarte. Recuperado de: https://redaprenderycambiar.com.ar/derrida/textos/hospitalidad_principio.htm.

-Kaës, R. (1976). L’appareil psychique groupal, (3er édition), Paris: Ed. Dunod.

-Kesselman, H. / Pavlovsky, E. (1989). La Multiplicación dramática. Buenos Aires: Ed. Atuel.

-Ulloa, F. (1995). Novela Clínica Psicoanalítica. Historial de una práctica, Buenos Aires: Ed. Paidos.

 

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