La Hospitalidad como posibilidad en la recepción infanto juvenil

Benvegnú, María Paula. Psicopedagoga. Residente de cuarto año en Residencia Interdisciplinaria en Salud Mental Infanto Juvenil en el Hospital Materno Infantil Arturo Illia, Córdoba. Período 2017-2018. lic.benvegnu@gmail.com

Gimenez, Romina. Trabajadora Social. Residente de cuarto año en Residencia Interdisciplinaria en Salud Mental Infanto Juvenil en Hospital Materno Infantil Arturo Illia, Córdoba. Período 2017-2018. rominagimenez110@gmail.com

González, Sofía. Psicóloga. Residente de cuarto año en Residencia Interdisciplinaria en Salud Mental Infanto Juvenil en Hospital Materno Infantil Arturo Illia, Córdoba. Período 2017-2018. gonzalezz.sofia@gmail.com

foto Fernanda Luchini 2

Resumen

Como profesionales de salud mental en formación nos preguntamos
acerca de las condiciones necesarias para ampliar la hospitalidad de aquellos
dispositivos que transitamos. Relatamos aquellas dificultades y desafíos
cotidianos (sociales, institucionales, vinculares y personales) para poder alojar
al extraño y recibirlo como invitado, entendiendo que buscar hospitalidad en
nuestros dispositivos es una elección no sólo profesional, sino también una
posición ética y de ciudadano. En el marco del tercer trayecto de rotación que
ofrece la RISaM Infanto Juvenil, intentaremos relatar un recorte de nuestra
experiencia en un Centro de Salud situado en la capital cordobesa. Para ello,
recuperaremos dos dispositivos que pusimos en juego y que se configuraron
como una forma de recibir y concebir la demanda infanto juvenil en el contexto
comunitario. Así también reflexionaremos acerca de la interdisciplina como un
posicionamiento que aloja y posibilita la hospitalidad.

Introducción.

¿Cómo lograr la hospitalidad en un dispositivo? ¿Hospitalidad para quién/es? ¿Para los usuarios del sistema de salud mental? ¿Para las instituciones que conforman la red de atención en sus distintos niveles? ¿Para las situaciones que se presentan como problemas que preocupan a la sociedad? ¿Para los profesionales que trabajamos en las instituciones? ¿Existe un protagonismo unilateral al momento de pensar la hospitalidad?

Ana Fernández, en su libro “Jóvenes de vidas grises” (2013), plantea que la hospitalidad del dispositivo estaría estrictamente ligada a las condiciones de posibilidad, y entre ellas a la probabilidad de que surja el deseo, la pregunta y la oportunidad de elegir en ese encuentro. Nos interrogamos entonces, ¿cómo construir dispositivos que alojen a “lo extraño”, “lo inesperado”, “lo diferente”, “lo divergente”, si no hay deseo de hacerlo, o de preguntarse quién es ese otro que consulta? Y en este sentido, ¿qué de la posibilidad de elegir se juega y cómo al momento de trazar un recorrido “terapéutico”, un camino de transformación subjetiva?

Desde esta perspectiva, resulta comprensible que como profesionales de la salud mental en formación, nos encontremos con dificultades y limitaciones que pueden presentarse en la creación y conformación de dispositivos en nuestros lugares de trabajo. Más aún, si esos contextos resultan apremiados por demandas que sobrepasan la capacidad de “dar respuesta” por diversos aspectos como: su nivel de complejidad; la urgencia e inmediatez, la disposición de recursos, entre otros. En consecuencia, se obtura la eventualidad de tomarse el tiempo, “instalar una pausa” necesaria para recuperar la singularidad de las situaciones que se presentan como heterogéneas.

Sin embargo, entendemos que el trabajo por el reconocimiento del deseo es una ocupación constante. Y nuestro deseo como residentes viene de la mano de poder, de elegir: un sistema de salud, una concepción de la salud mental, una manera de trabajar en equipo, una mirada y un abordaje infanto juvenil.

Comprendemos que como agentes de salud mental nuestra tarea es la de acompañar en la narración de sufrimientos, un desafío que, parafraseando a Ana Fernández (2007), incluye siempre tratar de correr los bordes de lo posible.

En el marco del tercer trayecto de rotación que ofrece la RISaM Infanto Juvenil, intentaremos relatar algo de nuestra experiencia producida durante nuestro recorrido por un Centro de Salud situado en la capital cordobesa. Para ello, recuperaremos dos dispositivos que pusimos en marcha y que a nuestro entender, se configuraron como una forma de recibir y concebir la demanda infanto juvenil en el contexto comunitario. Estos dispositivos fueron trazando un camino posible hacia la hospitalidad.

Algunas concepciones sobre hospitalidad y dispositivo

En relación al término dispositivo Ana Fernández (2007) plantea que puede usarse en la acepción foucaultiana refiriéndose

A los dispositivos socio-históricos y/o institucionales “ya dados” en lo social. Pero también se usa para referirse a artificios tecnológicos diseñados por nosotros en las intervenciones institucionales y/o comunitarias. En estos casos el dispositivo es pensado como máquina que dispone a…, que crea condiciones de posibilidad, que provoca o pone en visibilidad y eventualmente en enunciabilidad latencias grupales, institucionales y/o comunitarias. (Pág.115).

Siguiendo ésta línea teórica habría dos disposiciones que harían posible ampliar los márgenes de la hospitalidad en los dispositivos analíticos: diseñar el abordaje más adecuado para cada caso en cada contexto, así como también, la indagación de la implicación del analista en los mismos.

La primera dimensión está relacionada a la oportunidad de quien recibe una consulta de poder abrir la problemática del deseo (siempre singular), teniendo en cuenta la complejidad del entramado con las condiciones sociohistóricas de posibilidad. Nos preguntamos en este sentido ¿quién consulta cuando se consulta por un niño/a?, ¿el niño/a se configura siempre como paciente?, ¿cómo diseñar un dispositivo que tenga en cuenta las demandas de los adultos1 y las necesidades del niño/a para crecer?, ¿cuáles son los atravesamientos socio-históricos que se juegan en la consulta por un niño/a?

La segunda dimensión que permitiría ampliar la hospitalidad de nuestros dispositivos, está relacionada con la indagación de la implicación nuestra como profesionales de la salud en la lectura e intervención de cada caso. Este trabajo permanente de lo que se juega de nuestras diferencias habilita la elucidación continua de naturalizaciones e invisibilizaciones en relación a nuestras ideas de: criterios de vida cotidiana, concepciones de salud, maneras de entender la crianza, las infancias, etc. (Fernández, 2013).

Entendiendo estas disposiciones en nuestros contextos de trabajo, resulta interesante, en primer lugar, pensar una particular manera de comprender la demanda infanto juvenil que permita diseñar los abordajes más adecuados. Esta temática la abordaremos a continuación en el próximo título.

En segundo lugar, para pensar nuestras implicaciones como trabajadores en el campo de la salud mental, compartiremos algunas reflexiones acerca de los trabajos que tuvimos que hacer sobre nuestras propias diferencias para poner en juego nuestros saberes disciplinares y poder hacer interdisciplina.

  1. Del dispositivo que “admite” al que recibe las infancias en
    comunidad.

En julio del año 2016, nos integramos a un Equipo de Atención Comunitaria (EAC) de Salud Mental, situado en un barrio de la ciudad capital. Este se constituyó en el escenario institucional, nuestro punto de partida en el que fuimos, en primera instancia, encontrándonos como equipo, proceso que implicó necesariamente reconocernos, aceptarnos mediante instancias de trabajo conjunto, construir saberes compartidos para llevar a cabo prácticas interdisciplinarias.

Ahora bien, reconocer-nos también fue dando lugar a lo que mencionamos como posibilidades: ¿Qué elegimos entonces como residentes? En principio, optamos por incluirnos en lo que allí se denominaba como “admisión infanto- juvenil”, que se realizaba semanalmente. Y es aquí, donde comenzamos una ardua tarea de pensabilidas2 y reconocimiento del dispositivo que estaba instalado allí, para hacer lugar a la propia invención, un “Dispositivo de recepción infanto-juvenil”: un momento de encuentro, de acogimiento, de hospedaje de los usuarios que permitiera su ingreso no sólo a la institución EAC, sino al sistema de salud.

  1. Dispositivo de recepción infanto juvenil.

Coincidimos con Carraro, Campanille, Díaz Vélez, Gómez, Gutierrez, Moreno y Tinnacher (2010) al afirmar que nuestro posicionamiento se alojó en la posibilidad de recibir a ese otro consultante como una oportunidad, invitándolo a mirar y pensar juntos sobre aquello que lo movía a consultar. Desde este enfoque, quien consulta deja de ser el objeto de la pregunta, de la intervención, y pasa a ser concebido como un co-pensor, un sujeto con autoría de pensamiento (Alicia Fernández, 2012), un sujeto instituyente (Castoriadis en Cazzaniga, 1997). El consultante pasa a ser un sujeto más implicado en el diálogo, en la conversación acerca de su padecer, en la discusión acerca de los modos de curar. Pasa a ser un co-constructor de la respuesta a la pregunta que viene a movilizar.

¿Cómo mirar entonces lo que se presenta en la recepción infanto juvenil en el contexto comunitario? Un modo fue reconocer ese espacio como un proceso “orientador de la clínica en la Atención Comunitaria” (Campana, 2015), un momento en donde se recibe, se aloja y se orienta la demanda. Desde esta posición, lo que está en juego es una decisión, ya que no siempre implica la respuesta del equipo desde un “tratamiento psicopedagógico, familiar, psiquiátrico, etc.”, sino que muchas veces se trata de reconvertir la demanda3 y orientar a la familia que consulta a una respuesta posible.

Refiere María Inés Peralta (2017) la intervención, es ese “momento
privilegiado de la acción creadora-transformadora, momento complejo en
donde un proyecto de ilusión se transforma en proyecto de gestión; es el
momento donde los actores entran en escena, donde se instala el dispositivo
que debemos seguir, flexibilizar, corregir, mejorar; en definitiva enriquecer
mientras se va poniendo en acto” (pág. 1)

En función de la experiencia, podemos afirmar que el momento de recepción nos permitió recibir y conocer las necesidades específicas de la población que habitaba el espacio territorial y llegaba a consultar, pero sobre todo, nos habilitó la oportunidad de conocer y sumergirnos en las necesidades, manifestaciones y expresiones de los niños/as y adolescentes que crecían allí, en esa comunidad. Nos permitimos resignificar aquel encuentro desde nuestra propia invención, “que se produzca allí un lugar de “enunciación”, donde algo se inaugura para aquel que padece.” (Carraro, Campanille y otros; 2010).

De este modo, optamos, por proponer un espacio de entrevista de recepción inicial, que sea realizada, en principio, con los padres o adultos responsables del niño/a o adolescente. Lo consideramos de este modo, ya que el movimiento que implica dejar a los niños/as por fuera del consultorio adquiere de por si el valor de intervención, “que a veces propicia que alguien que no estaba en el lugar y momento conveniente para comenzar un tratamiento, empiece a estarlo”. (Campana, 2015, pág. 1); esa separación niño/a padres posibilitó un momento para pensar sobre lo que le preocupa a ese adulto que consulta. Los invitamos a revisar qué los moviliza a pedir un turno, qué de ellos se juega en los síntomas que aparecen en los niños/as, qué posibilidades hay de cuestionar el discurso de ese otro que habla por ellos: “me mandan de la escuela por un informe”, “piden de justicia un turno urgente”, “El pediatra dice que puede ser psicológico lo que tiene”. Lo que intentamos fue trabajar en la trama que intervino en el armado de esa dificultad, de esa problemática por la cual se demanda atención, involucrando a los adultos en el tratamiento del niño/a y tomándolos como parte de la solución a co-construir.

Desde nuestro punto de vista, la implicación de un adulto responsable en el tratamiento con niños se hace imprescindible. Los niños no llegan solos a consultar, son traídos, son derivados y son hablados por otros sujetos y en muchas ocasiones ese adulto se encuentra vulnerado, careciendo de apoyo, de un sostenimiento familiar y social, cuestiones que creemos deben ser consideradas en la escucha.

 

  1. Una red de recepción a la demanda: el Grupo de padres.

Pensar las configuraciones actuales en el campo de la salud nos acerca a la posibilidad de reflexionarlas como expresión del contexto de la época. A decir de Rovere (1999) en la modernidad se trataban de explicar las cosas, y en la posmodernidad, al querer explicarlas, la realidad surge como una especie de espejo roto. “Hoy en día, no hay unidades asibles, ordenables, coordinables, (…) en la práctica la sociedad aparece en forma fragmentada.” (Rovere, 1999, pág.21).

En nuestro recorrido por comunidad, así como cuestionamos al dispositivo de admisión como aquel que adecúa la demanda o al consultante a la institución que debe darle respuesta, nos propusimos generar otros espacios de encuentro en comunidad que permitieran cuestionar en términos de Graciela Jasiner “el individualismo desaforado” de nuestros tiempos. En este sentido, para la autora, los grupos permitirían la producción de lo singular pero anudado a la potencia del colectivo, comprendiendo que “pueden operar como recurso ante el malestar en la cultura, tejiendo una salida digna a ese malestar estructural.” (Jasiner, 2007, pág. 17).

Como equipo de residentes, optamos por sumar a la experiencia del espacio de admisión, lógica de inscripción a lo institucional con la que se maneja el equipo del EAC (Campana, 2015), otro dispositivo específico que alojara las demandas infanto juveniles: un dispositivo para el encuentro con padres.

El Dispositivo Grupo de padres, fue pensado como un espacio que pudiera posibilitar a sus integrantes el alivio con otros en la difícil tarea de ser padres, pudiendo combinarlo con otros dispositivos en la trayectoria o proceso del tratamiento: ya sea espacio terapéutico individual para el niño, acompañamiento, orientación familiar, intervenciones en la escuela, dispositivo grupal para niños o púberes, etc.

En este dispositivo de encuentro, se fueron desplegando vivencias, sufrimientos, conflictos y generando espacios de posibilidad de trabajo o tramitación de dichas dificultades junto con otros. Esto significó para nosotras incluir en el análisis de la demanda, un enfoque familiar en la manera de entender las problemáticas, así como un abordaje familiar en el modo de dar respuesta a las mismas.

Resulta interesante que cuando decimos que “el grupo de padres ofrece la posibilidad de crear una red de contención” entenderlo desde dos puntos de vista: por un lado, para aquellos sujetos que demandan, que piden una ayuda a la institución, y, por otro, para los profesionales que integramos el equipo de trabajo, aquellos de los que se supone deben “dar una respuesta”.

Desde una lectura institucional la creación del dispositivo grupo de padres surgió como el resultado del movimiento al que Castoriadis denomina
deseo instituyente, innovador, responsable de entrar en conflicto con el orden reglado instituido. Teniendo en cuenta la enorme demanda de padres preocupados, desorientados en su hacer en relación a la crianza y la escasez de recursos (institucionales, humanos, materiales, etc.) que se presentaba en el equipo del EAC, en determinado momento de nuestro recorrido nos planteamos hacer lo que la mayoría de las instituciones optan por hacer en éstas situaciones: la creación de largas listas de espera. En este sentido, tomamos una frase de Bauleo en la revista de Psiquiatría Vertex:

No puede haber listas de espera con gente que está angustiada, ansiosa, desesperada. A un tipo que está ansioso, que tiene una fobia desencadenada o que está en crisis, yo no le puedo decir que lo voy a ver dentro de dos meses. Es interesante cómo se resisten los servicios a admitir que se podrían hacer grupos de admisión y hacer desaparecer las listas de espera; hacer entrar a los pacientes que expresan una demanda determinada sobre su estado y su sufrimiento en un grupo que permitiese empezar a trabajar con ellos la problemática que los aflige. (Bauleo, A., 2002, pág. 302).

En esta dirección, consideramos como equipo, que el Dispositivo Grupo
de Padres permitiría dar una respuesta posible a los principales motivos de consulta manifiestos (desorganización familiar, dificultad en la crianza, dificultades en la conducta y en la escuela, dificultad en la elaboración de separaciones); al mismo tiempo que aliviaría el malestar que generalmente nos produce como equipo, la gran demanda de atención y sensación de urgencia que apremia. Como dice Campana (2015), lo actual, son las presentaciones de pacientes bajo el carácter de “urgente”, “atención inmediata”, “no puedo esperar” que son modos que tienen que ver con sufrimientos de época tanto para quienes demandan, como para quienes debemos ofrecer un cauce a dicho pedido. En efecto, todo padre que consultara por un hijo/a, tenía la posibilidad de buscar una respuesta en dicho espacio y tiempo, estuviera dentro o fuera de la zona de referencia, incluyera una derivación formal o no.

Los dispositivos presentados hasta aquí, nos permitieron instalar una demora para pensar una estrategia terapéutica para cada caso tanto a los padres como al equipo, ofreciéndose como un espacio de hospitalidad. O como sostienen Carraro, Campanille y otros (2010), retomando una ética en el trabajo con niños y jóvenes: “intentamos provocar, sostener y soportar el tiempo para
comprender, procurando evitar que este tiempo quede elidido en las
actuaciones de los sujetos que atendemos en la clínica y en ocasiones también
en los equipos” (pág. 3). Estas posiciones y elecciones fueron desplegando nuestro concepto de salud en este escenario de trabajo.

 

  1. La interdisciplina como una posición que aloja y posibilita
    hospitalidad.

Esta noción nos parece necesaria destacar ya que comprendemos, que el proceso de curar, así como el de enfermar se encuentra relacionado a los determinantes sociales, políticos y económicos. Dice Carballeda (2012) “el lugar de construcción del proceso salud-enfermedad es la vida cotidiana, condicionada por componentes del contexto” p.3. De ahí, la importancia de señalar que el mayor bienestar posible implica usar el máximo de recursos disponibles (Ase y Burijovich, 2009). Y parte de estos recursos a ser utilizados, fue para nosotras conformarnos como equipo interdisciplinario de salud mental. Sostiene Stolkiner (2005)

La interdisciplinariedad es un posicionamiento, (…) obliga básicamente a reconocer la incompletud de las herramientas de cada disciplina. Legitima algo que existía previamente: las importaciones de un campo a otro, la multirreferencialidad teórica en el abordaje de los problemas y la existencia de corrientes de pensamiento subterráneas –de época– atravesando distintos saberes disciplinarios (pág. 5).

Para ampliar la hospitalidad de nuestras intervenciones, tuvimos que pasar de ser un equipo multidisciplinario a lograr una inclusión interdisciplinaria; de una concepción de cada disciplina como un compartimento estanco, a conformar una red y construir saberes compartidos. La realidad va más rápido que las teorías; por eso, no podemos hablar de grandes teorías inamovibles (Peralta, 2017). Son provisorias, son “lógicas” que nos sirven para interpretar la realidad, pero se debe evitar tapar con estas lógicas la complejidad y la particularidad de cada una de las situaciones.

Utilizar esta modalidad de trabajo implicó entender a la interdisciplina como una práctica, como un trabajo personal de los profesionales, un momento de poner entre paréntesis el entendimiento cerrado, la clausura teórica, la certeza disciplinar para atender, recibir y alojar el sufrimiento del sujeto que consulta. De este modo, “pusimos en juego el saber” de cada quien. Pero así como la co-operación nos remite a múltiples actores y sus mutuas perspectivas, también nos trae aparejada la problemática de la diferencia. A lo que apuntamos es a realizar una “construcción teórica”, desde la perspectiva de Alicia Fernández (2012) como una “pausa que organiza la música (…) producto de una posición que responde a la pregunta ¿Qué he venido haciendo?” (pág. 68). Creemos que hace falta tiempo para construir un lenguaje común, para estudiar juntos pues no se puede ir a la intervención si antes no se ha discutido lo suficiente y si no va rotando el poder por los distintos actores que se ponen a trabajar.

Para finalizar, sostenemos que el posicionamiento interdisciplinario es una actividad grupal que habilita la producción de un valor agregado en el entendimiento de múltiples situaciones y amplía las condiciones de hospitalidad en los dispositivos. Estas acciones generan en los actores (profesionales, usuarios, entre otros) un liderazgo compartido que los empodera como sujetos aprendientes y reflexivos de sus prácticas.

Elegir otra vez se pone en juego, porque cada una aporta en este equipo un elemento, una mirada, eso singular que nos hace diferentes. Solo así podemos comprender que la heterogeneidad es en realidad una fortaleza.
Referencias bibliográficas.

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  • Fernández, A (2012) Poner en juego el saber. Psicopedagogía: propiciando
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  • VERTEX Revista Argentina de Psiquiatría. 2002, Vol. XIII. N° 50 Diciembre 2002.

 

 

 

Notas.
[1] Adultos entendidos como referentes familiares del niño/a, actores de la comunidad educativa, profesionales de la salud, etc.

[2] Entendido desde la noción de Wilfred Bion.

[3] Entendido desde la noción de Sara Pain.

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