Mujer- maternidad…una construcción

Ambrosio FlorenciaPsicóloga. Residente de tercer año  en Salud Mental.
Hospital Infanto Juvenil C. Tobar García. Período 2018-2019. E-mail:
floambrosio@gmail.com

Canessa, Belén. Psicóloga. Residente de tercer año  en Salud Mental. Hospital
Infanto Juvenil C. Tobar García. Período 2018-2019. E-mail:
blcanessa@gmail.com

 

Foto Joaquín Neira 2

Resumen

A lo largo de la historia los conceptos de familia, hombre, mujer e hijo se
han ido transformando.
A partir de diferentes casos de Interconsulta de Salud Mental en el
servicio de obstetricia y neonatología de un hospital general, se analizará la
relación entre el lugar de la mujer y la construcción social de la maternidad
arraigada a la misma. Desde estas concepciones han de surgir diferentes
padecimientos derivados de las mismas, al no reconocerse en los modelos
impuestos socialmente, así como aquellos transmitidos y desde donde cada
mujer se ha constituido.
Es importante poder pesquisar, en la espera de un niño por venir, el
deseo de esa mujer de ser madre o la falta del mismo, ya que, en gran parte,
de ello dependerá la constitución del sujeto por venir.

Introducción: Discursos que moldean sociedades

Thomas Kuhn (1986) define paradigma como: “realizaciones científicas
universalmente reconocidas (dogmáticas) que, durante cierto tiempo
proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica
en particular.”  Plantear la vigencia de un paradigma nos permite entender qué
concepciones de salud/enfermedad subyacen en las prácticas profesionales y
por ende qué prácticas de cuidado/atención serán priorizadas por la comunidad
hospitalaria.
Actualmente -y probablemente en respuesta a las corrientes
transformaciones de las significaciones sociales- presenciamos como se
reeditan las ideas biologicistas, individualistas, a-históricas, a-sociales y
mercantilistas. Esto último posibilita proponer una historia natural de la
enfermedad en la cual la historia social de los padecimientos queda excluida o
convertida en variables secundarias. Al respecto, Giberti (2014) explica el
concepto de depósitos históricos de sentido. Se trata de constelaciones de
sentido instaladas en el acervo social que permiten que los individuos cuenten
con la objetivación de soluciones ya logradas, o de reconocimientos aceptados,
como experiencias y conocimientos institucionalizados y jerarquizados. Éstos
acarrean una dinámica que implica una creación ideológica respecto de las
jerarquías, espacios de  poder y relaciones. Hoy somos testigos de que ciertas

representaciones imaginarias hegemónicas conviven y se disputan el terreno
con nuevas producciones de significación que instituyen otros significados
posibles, operando también en la construcción subjetiva de “una madre” y la
maternidad. En un ángulo del ring, encontramos, todavía eficaz en la sociedad,
un modelo en el que se desdibuja el contexto social y las particularidades de
cada subjetividad, en donde “una madre” se entiende cableada biológicamente
para serlo, abnegada y responsable de las indicaciones profesionales para el
mejor cuidado de su hija o hijo. Una maternidad “construida” en función de
diversos discursos instituidos, tanto filosóficos, científicos y hasta religiosos. En
el ángulo opuesto, las diversas formas de encarnar la función materna, en
donde nos atrevemos a hablar de “madres”, en oposición a la anteriormente
descrita y estandarizada “madre”. Nos encontramos con mujeres que no
desean la maternidad, aún cuando están equipadas con un útero, otras que no
la eligen una vez embarazadas y hombres que se convierten en madres.
Reglas, modalidades y pautas de conducta que fueron aceptadas en otras
épocas, actualmente comienzan a ser cuestionadas y puestas a prueba.
La inclusión de nuevas perspectivas en el campo de la salud puede
analizarse como un intento por subvertir la mirada positivista de la salud-
enfermedad, que, en el mismo movimiento, revela el contenido ideológico -no
neutral ni universal- del modelo médico hegemónico y sus sesgos sexistas y
androcéntricos. Eva Giberti (2014), resalta que en la cultura dominante se van
trenzando creencias y prejuicios relativos a las relaciones entre hombres y
mujeres. A lo largo de la historia esta malla ideológica impuso un modelo de
desigualdad entre ambos géneros. La inclusión de la perspectiva de género en
el campo de la salud puede concebirse como una lucha por la asignación de

nuevos sentidos en relación a cómo concebimos la atención. Los procesos de
nominación, reconocimiento y deconstrucción nos echan luz sobre aquello que
se instituyó como natural.  Tal como expresa Ana María Fernández (2009):
“Los procesos de inferiorización, discriminación y fragilización operan
como naturalizaciones; conforman en tal sentido invisibles sociales. En rigor, no
son invisibles, sino que están invisibilizados; a estos procesos se los ha
denominado violencia invisible. Un invisible social no es algo oculto o
escondido, sino que —paradójicamente— se conforma de hechos,
acontecimientos, procesos y dispositivos reproducidos en toda la extensión de
la superficie social y subjetiva. Está ahí, pero no se ve o se lo considera
natural. En tal sentido, violencia visible e invisible' conforman un par
indisociable”.

Ser madre, ayer y hoy
La maternidad es una de las representaciones culturales más complejas
que se han elaborado en occidente sobre el imaginario de la mujer. El concepto
de maternidad a lo largo de la historia, aparece como un conjunto de creencias
y significados en permanente evolución, influidos por factores culturales y
sociales, que han ido apoyándose en ideas en torno a la mujer, a la
procreación y a la crianza, como vertientes que se encuentran y entrecruzan en
la interpretación. En síntesis, podría definirse como una práctica socialmente
instituida que se apuntala sobre una función biológica que está a su base
(Chairo, 2011).
A principios del S. XX, se organizó a las mujeres bajo el concepto de
"ama de casa", donde existía una valoración simultánea del hogar y la

maternidad. Surgió el culto a lo doméstico, donde las primeras parecían
protegidas en un contexto privado, bajo creencias de la maternidad como ícono
moral.  La diferenciación entre lo público y lo privado se ha equiparado con la
diferenciación entre el mundo político – público o espacio de “los hombres” – y el
mundo “doméstico”, o espacio de mujeres. Según Santillán (2009) esta
homologación doméstico–privado no sólo produjo en el imaginario social la
legitimación del ejercicio generalizado del poder de los hombres sobre las
mujeres, sino la idea de una separación entre lo “doméstico” y la estructura
“política” de la sociedad, reduciendo a la “familia” al orden de lo “natural” y “lo
moral”. Fue entonces, territorio exclusivo de la madre, la tarea de ofrecer apoyo
moral y emocional a sus esposos e hijos colaborando a la formación de una
sociedad más virtuosa. La crianza pasó a ser así un ejercicio para quien mejor
la cumpliera, lo que llevó a la creencia de la “maternidad intensiva” como
sinónimo de quien requiere dedicación total, gran inversión de energía y
recursos, conocimiento, capacidad de amor, vigilancia de su propio
comportamiento y subordinación de los propios deseos (Hays, 1998). Massimo
Recalcati  (2018), explica que la cultura patriarcal ha elevado al padre a una
especie de ideal disciplinario represivo, al mismo tiempo que legó una versión
de la madre del sacrificio y de la abnegación. La misma ha decretado y
sostenido la maternidad como destino ineluctable de la condición de mujer. La
ideología patriarcal pretendía reducir el ser de la mujer al de la madre.
A mediados del mismo siglo, dos hechos fundamentales modificaron, de
modo sustancial, el rol de la mujer dentro de la estructura familiar: la
incorporación de la mujer al trabajo y la aparición de métodos anticonceptivos,
de lo que se desprenden nuevas formas de encarnar la maternidad, es decir,

de concebir a una “madre”. La era postmoderna parece ofrecer un escenario
nuevo, un contexto de múltiples investiduras del sí mismo, donde la identidad
de madre se relativiza y pierde centralidad. El “valor” de la mujer deja de estar
puesto, casi totalmente, en la procreación y la crianza, tareas que empiezan a
ser consideradas como opciones a las que se puede renunciar. Sin embargo,
no está claro que se haya desvanecido la identidad madre-mujer o que se la
haya liberado de demandas milenarias, concediéndole una valoración que
parece haber quedado perdida en algún momento muy remoto de nuestra
historia (Molina, 2006). Reconocemos que la madre no se corresponde
necesariamente con la madre real entendida como la progenitora biológica del
hijo, en tanto “madre” es el  nombre de la primera figura del Otro que está a
cargo de una vida humana que reconoce como criatura suya. La madre, igual
que el padre, trasciende el sexo, la sangre, la estirpe y la biología (Recalcati,
2018), sin embargo encontramos que en los “hábitos y costumbres” de nuestra
sociedad y cultura no dejamos de hacer coincidir el vientre gestante con la
responsabilidad suprema de sostener a ese cachorro humano, aun en aquellos
casos en que no hay deseo por ello. Como sostiene Recalcati, “nunca la
maternidad es un mero hecho biológico, sino por encima de todo un evento de
deseo” (Recalcati, 2018)

Mujer – Madre:

“La cultura patriarcal ha perseguido durante siglos este espejismo:
la reducción de la mujer a madre tenía como objetivo cancelar el exceso ingobernable de la
feminidad.”
Recalcati-  Las manos de la madre. Deseo,fantasmas y herencia de lo materno, 2018.
Actualmente, en la clínica con mujeres que se encuentran atravesando
un embarazo y aquellas que acaban de parir a un niño o niña, se observa un
abanico de padecimientos a nivel subjetivo con una amplia conexión con los temas desarrollados anteriormente: algunas entregan sus vientres a embarazossolo deseados por sus parejas y más tarde son estas mismas las que

experimentan la soledad en la crianza de esos niños/as cuando quien forzó
esos embarazos ha decidido irse; otras no encuentran una coincidencia entre
“lo esperado” para una madre y su propia la disponibilidad subjetiva; otras
esconden sus embarazos bajo ropa holgada, con miedo al “qué dirán” y
también están las que ponen su vida en riesgo al tratar de interrumpir un
embarazo que no las encontró en el momento adecuado.
Como ya hemos mencionado, la cultura patriarcal otorgó a la mujer el
destino de maternidad como ineludible y necesario; con ello el instinto maternal
sufraga esta representación ideológica de la mujer, alimentando la ilusión de
una armonía preestablecida y natural entre madre e hijo. Sin embargo, la
experiencia demuestra la inexistencia o la total insuficiencia de este instinto
para explicar los infinitos pliegues sintomáticos que puede adoptar la
experiencia de una mujer atravesada por la maternidad. Intentamos ejemplificar
nuestras deliberaciones a través de los siguientes casos:
J. tiene 20 años,  llega al hospital para tener a su tercer hijo. Solicita la
consulta con el servicio de Salud Mental por sugerencia de su maestra, ya que
se encontraba muy angustiada luego del parto. J. relata una historia de su
primera infancia marcada por violencia materna. No ve a su primer hijo, a quien
tuvo en la adolescencia,  dado que, según relata, “se lo quedó su madre,
porque ella no podía cuidarlo”. El maltrato la alejó de su hogar materno y, luego
de vivir en situación de calle por unos años, conoce a una amiga quien la aloja
en su casa. Poco después, conoce a su actual pareja, que en el primer
encuentro la invita a vivir a su casa porque “se sentía muy solito”, también le

dice, ese mismo día, que él quiere tener un hijo.  Al preguntarle nosotras si ella
deseaba tenerlo, solo puede contestar “él si,  yo me abrí de piernas y ya”.
G. tiene 21 años, presenta una historia de consumo problemático de
larga data. Tiene una niña de 3 años y una bebé recién nacida. G. ha buscado
ambos embarazos, aunque su madre, quien la acompaña, refiere que presenta
dificultades para afrontar las responsabilidades que conlleva la crianza. Dado
que G “desaparecía” por varios días descuidando a la niña, el padre de la niña
y su abuela materna comparten la guarda de su primera hija. G. manifiesta
voluntad de afrontar estas responsabilidades y su madre se dispone a
ayudarla.
M. tiene 19 años, llega a la guardia del hospital por vómitos recurrentes
y malestar. Se entera allí que está embarazada de 17 semanas, luego de dos
consultas previas en otros centros de salud. En el nosocomio le diagnosticaron
una grave insuficiencia renal, próxima a la necesidad de un trasplante, que fue
adjudicado a su antecedente de consumo problemático de alcohol (aunque
esta situación no terminaba de justificar su grave estado clínico). Ella  refiere
que comenzó con el consumo a los 13 años y pudo ubicar claramente el
motivo: el malestar en su hogar de origen, su padre consumía alcohol y la
violentaba a su madre por “celos”. Ella y sus hermanos también recibían malos
tratos, razón por la cual desde los 13 años buscaba irse de su hogar. Vino a la
Argentina hace 2 años, siguiendo los pasos de algunos de sus hermanos,
huyendo de su hogar de origen. Cuenta que el padre de su futuro hijo es D. y
tiene 42 años. Lo describe como “muy celoso”, no le gusta que salga, que vaya
a bailar,  que se vea con sus amigas. Antes de saber de su embarazo, M.
comenzó a buscar el modo de irse de la casa de D., ya que allí no estaba a

gusto y podía empezar a notar los signos de violencia por parte de él. Luego de
enterarse de su embarazo, D. le dejó en claro que “ahora se iría a su casa con
el bebé” y ella no cree que haya otra salida: con un bebé  suyo, M. considera
que la única opción es estar con él y dejar su vida de lado.
F. está embarazada, espera a su octavo hijo. Se encuentra muy
angustiada, no para de llorar. Se encuentra sola en el hospital, no recibió
visitas y refiere que tiene una casi pareja, “Mientras estaba bien estaba
conmigo, cuando quedé embarazada, no me ayudó”. Desde ese momento no
supo más de él. Respecto a su embarazo dice: “es una equivocación-  se
angustia al decirlo- no lo voy a maldecir antes de que nazca”.
Son reiterados los casos de angustia materna, durante la gestación y
luego del parto. Como dijimos, muchas veces se apela a la naturaleza del
instinto maternal, sin embargo esta no puede explicar la inclinación de
diferentes madres a vivir su embarazo como una experiencia impregnada de
angustia. Recalcati (2018) explica que sin el deseo de un hijo – sin su espera- la
misma experiencia del embarazo puede connotarse de forma negativa, al
respecto sostiene:
“La ebriedad de ser Dos en Uno no decae en el naufragio subjetivo y en
la desesperación sólo si el niño es fruto de un deseo que la madre puede
realmente consentirse. De no ser así, este desdoblamiento no aparece como
una experiencia radical del amor, sino como una pesadilla de la que se desea
salir tan pronto como sea posible. La maternidad como experiencia de
descentralización de uno mismo en beneficio de Otro no se ha realizado y es
rechazada con todas las fuerzas.”

A su vez, se observan dificultades en la relación madre-hijo/a, en tanto el
encuentro con el propio hijo supone el encuentro con algo que parece difícil de
manejar, fuera de control, diferente, que obliga a chocar con un real pulsional
inédito. El deseo de maternidad deja paso al rechazo de la maternidad.
Establecer la categoría inseparable mujer-madre aniquila la posibilidad de
pensar la feminidad autónoma del ser madre y esta exclusión es determinante
para la idealización de la maternidad, que elimina la ambivalencia del vínculo
madre-hijo. Es así que se desestiman los componentes agresivos de dicho
vínculo, no sin desembocar, paradójicamente, en el fracaso del ideal materno,
llenando de insatisfacción la vivencia de maternidad (Glocer Fiorini, 2001).

Conclusión
Nuestro objetivo, a lo largo de este trabajo, ha sido cuestionar la
vigencia de la ecuación madre=mujer en el discurso y sus repercusiones a nivel
psíquico en las mujeres en la experiencia de la maternidad. En dicho recorrido
planteamos nuestra posición, concibiendo a la maternidad, no como hecho
biológico, sino en su doble carácter psíquico y como constructo social que, en
lo que respecta a tarea y función, brinda la posibilidad de ejercerla tanto a
mujeres como hombres. Si bien la cultura occidental moderna y las fuerzas
patriarcales han elevado la figura mítica de la maternidad (asociada a la madre
biológica) y han pugnado por sostener el esencialismo del instinto materno,
dando la exclusividad de esta función a la mujer, consideramos que es el
resultado de una constitución vincular sumado a una construcción simbólica,
que trasciende la adjudicación genérica y genética.  En relación con lo anterior,
Ana María Fernández (1993, en Glocer Fiorini, 2001) sostiene que por efecto
de la mencionada ecuación, la maternidad no podría ser pensada como del

orden del deseo, sino como una función que definiría a la mujer en su ser.
Martinez Herrera (2007) expresa al respecto: “La asunción cultural de la
maternidad en forma casi exclusiva por parte de la mujer, es una clave esencial
para comprender el estereotipo socio-cultural de la feminidad. Este imaginario
social femenino es introyectado y asumido, construyendo la subjetividad
femenina a imagen y semejanza de la cultura, que realiza la operación madre =
mujer”.
Como dijimos, las cualidades de “preocupación materna primaria” o
“madre suficientemente buena” no son fruto de la naturaleza,  sino un producto
de los antedichos discursos simbólicos. Cuando velar por la vida psíquica del
niño se transforma en una responsabilidad exclusiva de la madre, se deja de
lado la realidad psíquica (el deseo) y social de la misma y se produce una
madre cuya biología la hace idónea para la tarea. Desde esta perspectiva,
características sanas y positivas de relación y respuesta afectiva en la vida
adulta, serían consecuencia de una buena calidad del cuidado materno:
capacidad de respuesta sensible, de alivio de la angustia, de estimulación
moderada, calidez, sincronía interaccional e involucramiento. La causalidad
unilateral que se desprende de factores maternos de crianza y la consiguiente
salud psíquica de su descendencia, contribuye a asociar significados de alta
responsabilidad y peso a la tarea que asume una mujer con la maternidad y,
con esto, sentimientos de culpa por la posible inadecuación a lo concebido
como norma.
Consideramos de vital importancia, como agentes de salud, estar
advertidas y advertidos de dichos constructos e imaginarios, para así poder
proyectar con nuestras/os pacientes diferentes experiencias y modos de

atravesar la espera y llegada de un bebé, con la apropiada escucha de cada
singularidad, detectando puntos que obstaculicen y puedan generar
padecimientos en ese sujeto y quien está por llegar.
Acotar nuestra escucha a la espera de una sola manera de maternar,
restringe las posibilidades de construir un abanico posible de maternidades a
explorar y trabajar, pudiendo alojar el lugar y la disponibilidad de ese sujeto por
venir. No es sin estar advertidos de la necesidad de un deseo para ello.
Es menester hacer lugar y acompañar en estos procesos a todas las
mujeres, a aquellas que no han buscado un embarazo y lo eligen, a quienes no
lo buscaron y lo rechazan, y a aquellas mujeres que deciden ser madres. Pero,
con todas ellas, es importante poder comenzar a construir el camino de las
elecciones libres y propias, ya sea en las formas de maternar, como en las
maneras de vivir el “mujerage” y la feminidad, con o sin maternidad. Recorrer y
acompañar el camino de la mujer, más allá de la madre, desde un lugar
reflexivo, crítico y asimilando la posición que asumimos frente a dicha elección.
Para finalizar, nos gustaría resaltar lo que la psicoanalista Glocer Fiorini
propone en su libro “Lo Femenino, el pensamiento complejo” (2001): se debe
re-conceptualizar la maternidad desde donde se pueda originar la
independencia, la separación con el hijo, donde se puede establecer una
función tercera y donde las categorías acerca de la maternidad sean desde esa
subjetividad y no únicamente desde la perspectiva del hijo. Expresa “una
concepción plural de la maternidad debe reconocer diversos planos que
coexisten, reconocer que el espacio intersubjetivo madre-hijo no es sólo
especular y gozoso, sino que en sí mismo es un espacio tercero.” De esta
forma, la autora nos invita a pensar la maternidad y la sexualidad femenina

como complementarias, pero no equivalentes y nos propone una madre que
narcisiza y erotiza en consonancia con una sexualidad femenina no materna.

Bibliografía

Chairo, L. (2011) Parirse Madre en El Psicoanalítico. Publicación Nro 7.
Dirigirse a: http://www.elpsicoanalitico.com.ar/num7/sociedad-chairo-
maternidad-construccion-de-subjetividad-historico-social.php#3

Giberti, E. (2014). Incesto paterno/filial, una visión desde el género. Buenos
Aires: Noveduc.
Glocer Fiorini, L. (2001). Lo femenino y el pensamiento complejo. Buenos
Aires: Lugar.

Hays, Sh. (1998). Las contradicciones culturales de la maternidad. Barcelona:
Paidós.
Kuhn, T. (1986). La Estructura de las Revoluciones Científicas.
México: Breviarios del Fondo de Cultura Económica.

Molina, M. E. (2006). Transformaciones Histórico Culturales del Concepto de
Maternidad y sus Repercusiones en la Identidad de la Mujer. PSYKHE 2006,
Vol.15, Nº 2, 93-103.

Santillan, L. (2006). La construcción social del problema de la educación: un
estudio antropológico desde la perspectiva y los modos de vida de los grupos
familiares. Intersecciones en Antropología, 7: 375-387

Martínez-Herrera, M. (2007). La construcción de la feminidad: la mujer como
sujeto de la historia y como sujeto de deseo. Actualidades en psicología,
21(108), 79-95. Recuperado el 26 de septiembre de 2018, de

http://pepsic.bvsalud.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0258-

64442007000100004&lng=pt&tlng=es

Recalcati, M. (2018). Las manos de la madre. Deseo,fantasmas y herencia de
lo materno, Barcelona: Anagrama.

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